miércoles, 9 de febrero de 2011

YOLOMBO, BELLO Y YARUMAL: RECUERDOS

Iglesia de Yolombó.(Foto tomada de Intenet)
Yolombó. Petroglifo. (Foto tomada de Internet )

Mina de oro de San Andrés en los años 40s del S. XX. (Foto HernandoSánchez E.)
Bello. Línea férrea abandonada. (Foto Hayran Sánchez)Bello (Foto tomada de Internet)

Entrevistamos al poeta de la vereda Santa Elena, municipio de La Calera, Rafael Benjamín. De la narración extrajimos para el blog sus recuerdos sobre estos tres pueblos de Antioquia, Colombia, en los años cincuenta del siglo pasado.
Yolombó

Se dice en el cancionero Antioqueño:
Dicen que yo soy el diablo,
Yo no soy el diablo, no,
Yo me confesé en Amalfi,
Y oí misa en Yolombó.

Nací en Yolombó Antioquia, un 10 de julio de 1947. Ese día la Iglesia Católica celebra, o celebraba, los santos Felícita, noble romana que fue martirizada junto a sus siete hijos y las hermanas mártires y vírgenes, a pesar de ser también romanas, Rufina y Segunda.
Yolombó es un pueblo fundado en 1560 por los soldados de Pedro de Heredia, unos de los peores y más despiadados colonizadores de que se tenga noticia de la llamada época de La Conquista. Heredia era un madrileño pendenciero que había perdido la nariz en una riña y que huyó de España hacia las américas luego de asesinar a tres personas. Llegó a Santa Marta desde la Española en 1525, luego fundaría a Cartagena en 1533. Este criminal azoló las tierras de los zenúes y saqueó el oro de sus tumbas. En lo que es hoy Yolombó, la soldadesca de Heredia ocupó las tierras del pacífico pueblo indígena que allí vivía en busca de oro, y martirizó su población que se extinguió víctima de la violencia y las enfermedades. El pueblo era la entrada a los ricos territorios auríferos del nordeste antioqueño y fue fundado en el filo de una montaña, razón por la cual solo cuenta con una larga y estrecha calle que contrasta con una monumental iglesia.
El pueblo se llama realmente San Lorenzo de Yolombó recordando a uno de los siete diáconos de Roma, un español que fue martirizado en la parrilla en el año 257, tormento que los llamados conquistadores con frecuencia aplicaron a los indígenas. De San Lorenzo – no se por qué, patrono de los bibliotecarios, si estos conservan los libros, no los queman –. Y siguiendo con los santos, hay una historia que de niño – leída por mi madre – siempre me gustó: el obispo de Roma le dio al diácono a guardar los tesoros de la Iglesia para protegerlos de la persecución imperial. El Santo los tomó y de inmediato los repartió entre los pobres. Cuando lo llamaron para responder por las riquezas encomendadas se apareció con toda la pobrecía alegando, que los pobres, eran el verdadero tesoro de la Iglesia. ¡Qué lección para las iglesias de hoy! Esta historia también le caía como anillo al dedo a mi madre, que como en el cuento de Carrasquilla, “Peralta” era campeona de la caridad. Dicen que entre estos tesoros que regaló el Santo, estaba el Santo Grial y no faltó un antioqueño, como mi tío Jesús, que asegurara que, entre los soldados de Ojeda, venía un monje, oriundo de Huesca, que ante el temor de que esta ciudad, donde estaba la reliquia y de donde era oriundo el Santo, cayera en manos enemigas, trajo a este continente, a Yolombó el Grial, y que antes de morir, lo ocultó en la vereda El Rubí. Y que allí está.
Don Tomás Carrasquilla, uno de los primeros novelistas y narradores colombianos, nacido en Santo Domingo (1858), sastre en su juventud, y que luego trabajara como contable en la mina de oro de San Andrés, donde trabajó también como almacenista mi padre, escribió allí “La Marquesa de Yolombó”, una extraordinaria novela, que ahonda, como ninguno, en la vida de la minería en la época colonial, sustrato del ethos antioqueño. (Rafaél nos promete un articulo sobre la novela par el blog).
Yolombó en la memoria familiar era lugar mítico, un lugar de paz en el que mis padres vivieron su mejor época, quizá, la más feliz de sus vidas. Mi made siempre se lamentaría de haber abandonado este pueblo, sinónimo de paz para ella, y hoy, tristemente asediado por los violentos.
Dos personajes de Yolombó, de esa época, recordaba el maestro pintor, oriundo del pueblo, Camilo Cardona, que trabajó con mi padre y mis tíos en las minas de San Andrés: el Negro Oquendo, brujo, que tuvo la osadía de desafiar al hechicero más famoso de Remedios. Recuerda Camilo cómo el terror se apoderó de la población al ver en una noche de noviembre dos bolas de fuego luchar sin cuartel a todo lo largo de la calle del Tigre. El otro era el famoso contador de historias de minas Nicanor Ramírez, a quien contrataban sólo para que entretuviera a los trabajadores en las noches después de las duras jornadas de trabajo. Ramírez, dotado del don de la palabra y la alegría, que sabía como nadie toda la tradición narrativa antioqueña, era depresivo y un día, sin motivo aparente alguno se suicidó consumiendo cianuro. “Era un minero de la palabra” decía Camilo.
Bello
De Yolombó pasamos al municipio de Bello, del que se dice es un “municipio sin campesinos”. Allí, desde los años veinte, comenzó una incipiente industria textil. En Agosto de 1923 se inauguró Fabricato. Alrededor de la fabrica, con sus chimeneas y sus tejados cortos y en ángulo – como la cresta dorsal de una iguana - se fue conformando una abigarrada urbanización de obreros, algunos con nombres que recordaban el surgimiento de la era industrial - como el barrio Manchester – o simplemente con el nombre de Barrio Obrero.
El tren llegó a Bello en 1913. En 1925 se inauguraron los Talleres Generales del Ferrocarril de Antioquia, una imponente construcción de ladrillo rojizo con una torre metálica que servía, junto a la Iglesia, como punto de referencia de los habitantes. A finales de los años 40s la industria textil estaba en auge y la aldea de Hato Viejo – como se llamaba el lugar donde fue fundado el pueblo - sufría grandes transformaciones. Las mujeres recién redimidas del campo por la violencia se fueron a las hilanderías y los hombres, a los talleres del ferrocarril y las fundiciones. Desde el fondo de las humildes viviendas de los trabajadores se comenzaba al levantar la conciencia de una clase obrera que reclamaba mejores condiciones de trabajo.
Nosotros vivíamos en una calle central. En la casa funcionaba también la fotografía de mi padre y un taller de ampliaciones hechas con aerosol, razón por la cual fue necesario contratar operarios amigos de mi papá. El procedimiento era más o menos así: El cliente entregaba una pequeña fotografía amarillenta y ajada de uno o más parientes. Se negociaba como quería verla, si le quitaban el sombrero o le cambiaban la gorra acabada de iraca y lo reemplazaban por un sombrero borsalino; si le quitaban la ruana y le ponían corbata o corbatín; si le ponían zapatos en vez de cotizas, y si quería que juntaran la imagen del padre y la madre. De la foto de un campesino en su ropa de trabajo, greñudo y descalzo, salía una ampliación de un hombre urbano de saco y corbata, peinado a la moda. Las mujeres en las ampliaciones abandonaban la saya y la mantilla para adoptar el estilo sastre y los niños harapientos fueron vestidos de paño. De fondo: un paisaje europeo, un arco, una fuente tomada de una revista. En algunos casos el retrato era hablado porque no había registro alguno de la persona. Una ampliación iluminada (con colores aplicados a mano) valía el doble. La demanda de ampliaciones para ocultar el pasado rural de las personas nos llevó a una época de prosperidad.
Con mi hermano siendo apenas un niño de 5 0 6 años recorríamos las calles de Bello buscando entretención – cosa nada difícil para un niño – y algo que hacer para ganarnos unas monedas de centavo para poder ir a cine, comprar recortes de panadería o dulces. Ayudábamos entonces a llevar mercados, dar razones y lo que más no gustaba, era llevar los portacomidas con el almuerzo para las obreros. Caminábamos con cuidado para que no se derramara la sopa – sancocho – y el claro de la mazamorra de maíz. Esperábamos frente a una reja metálica, junto a otros muchachos, el sonido terrible de la sirena de la fábrica y su columna de vapor anunciando las doce del día. Al momento empezaban a salir los obreros con sus overoles azules y caqui a reclamar sus alimentos. Les entregábamos a través de la reja los portacomidas; ellos se sentaban en el pasto a comer, a veces en corrillo, y al final regresaban con los trastos vacíos para devolvérnoslos. Si teníamos suerte nos dejaban un pedazo de panela o media arepa de maíz. Yo tenía el extraño privilegio de llevarle los alimentos a un muchacho fornido del barrio al que llamábamos "Tarzán" por su físico y su habilidad para nadar, a lo Jhony Wermuller, en la piscina municipal, una alberca pública de cemento y aguas grises de uso exclusivo de los hombres.
Las primeras experiencias vividas que recuerdo suceden allí, en Bello. Primero una atmósfera: Las sirenas de las fábricas. La prisa de los turnos. El ruido del ferrocarril. Los vehículos cerrados de la policía – que llamábamos “bolas” – o las camionetas con altoparlantes anunciando películas, comerciales y circos. El carro de la leche. El olor a clavo de olor en la calle de los dentistas. El olor a miedo de la calle de los dentistas. El olor a sancocho y mazamorra de los portacomidas de los obreros. El olor a carbón de piedra quemado en los hornos de las locomotoras y las fundiciones. El ruido de los tocadiscos y "pianos" traganiquel de las cantinas: “Senderito del alma”; “El Corneta” cantado por Daniel Santos; “Lucerito de Plata”; “La araña picó a Gustavo”;“Chi chirivico”; Pachito Eché; los mambos de Perez Prado, los vallenatos de Buitrago. El olor de lo pasteles de papa y carne de la tienda de don Ricardo. Los recortes de panadería que eran sencillamente los sobrantes, o mejor, la basura de la panadería, depositada en bolsas de papel craft y selladas porque en ocasiones contenían sorpresas, que no eran otras cosa que dulces, y recuerdo, fue el éxito, laminitas con los personajes de las historietas ( Pancho, Ramona, Lorenzo Parachoques, entre otros). El olor repugnante de las tenerías y de la cachera, una fábrica que producía objetos a partir de cuernos de vacunos. El misterioso arco voltaico de los talleres de mecánica. La prisa, el miedo: ¡Vienen los conservadores a aplanchar liberales! ¡Cuidado con los chupasangre! ¡Cuidado con los liberales de Rio Grande que vienen a tomar represalias! ¡ Cuidado con los gitanos que se roban los niños!
Mi abuela materna pasaba largas temporadas con nosotros. Ella me llevaba a misa los domingos. Era una gimnasia. ¡De pie! Arrodíllese! Siéntese! ¡Échese la bendición! El calor y la multitud me ahogaban. La abuela siempre estaba rezando el santo rosario esa devoción, parecida a ciertas prácticas budistas, inventada o retomada del oriente por Santo Domingo de Guzmán, el santo de Caleruega – Burgos, España – fundador de la Orden de los Predicadores en el siglo XIII como un homenaje a la Virgen. El rosario tenía o tiene 59 pepas o sartas distribuidas en cinco grupos de diez para las avemarías, una oración que se repite como un mantra todo el tiempo. Entre cada grupo hay una pepa para rezar el Padre Nuestro. Hay cinco pepas que recuerdan las llagas de Jesucristo. Se rezaban dos vueltas para celebrar dos tipos de misterios. Los gozosos y los dolorosos, referidos a la vida de Jesucristo. Del rosario viene mi relación con la palabra misterio. Mi abuela rezaba cinco, lo que llamaban la “corona de espinas” y las letanías. Esto significaba que la pobre tenía que dedicar la mayor parte del día a rezar.
El circo, siempre el circo, una de mis fascinaciones. En Bello esperábamos ansiosos la llegada de los circos que se instalaban en un lote vacío cerca del Teatro Iris. Algunas veces lográbamos entra “de gorra”– de gorra, gratis- entrando a escondidas. Mis primeras fantasías estaban asociadas al circo. Sería trapecista, equilibrista, nómada por el mundo, feliz llevándole diversión a la gente que me admiraría por mi valor. Soñaba con las mujeres hermosas vestidas de lentejuelas doradas. Después, por la literatura y el cine conocí el heroísmo, el drama y la tristeza de la sociedad cerrada, viajera, como una nave de locos, que es el circo. Chaplin, I. Bergaman, F. Fellini, Woody Allen, hicieron películas preciosas sobre este tema. Pero nada igual, por lo trágico, a La Estrada, ese circo de carreta con un solo protagonista (Anthony Quin) y su ayudante (Julieta Mesina). Amé a las trapecistas y amé platónicamente a una de las hermanas Egred, Astrid, rubía, escultural, con pies alados, nada igual a ella. Otra artista del circo Egred, Ann, de mis sueños, en lo mejor de su carrera se quitó la vida. Se tejieron mitos y se dijo que Jhimy, su hermano, el mejor en malabarismos sobre una bicicleta, tenía amores con ella. Jhimy, al poco tiempo, también se suicidó. Chagall pintó el circo y sus reproducciones vistas en libros de arte en la biblioteca pública me invadieron. (los animales del circo son animales-ser-humano, así los dibujó el ruso que como nadie unió en la pintura lo profano y lo sagrado, el amor carnal y el sueño amoroso).
La Iglesia principal de Bello está dedicada a “Nuestra Señora del Rosario” cuya imagen corona la nave central, entre las dos torres, ambas con un reloj idéntico – pero que siempre, sin sincronización alguna, marcan horas distintas -. La iglesia tenía o tiene tres naves y un altar en cruz con una cúpula inmensa. La puerta fundida en bronce tiene forma de arco con arquivoltas de mármol. Recuerdo la frase en Latín: “Haec est aula Dei portela coeli”, que debe traducir algo así como : "ésta es la sala de Dios ante la puerta de entrada al cielo", o como se diría en un aeropuerto, " la sala de espera" antes de emprender el vuelo definitivo. "Encima de la puerta una clásica roseta con vitrales. A lado y lado del cuerpo central, en la parte anterior, dos torres pequeñas dan acceso, una al baptisterio, y otra a un altar dedicado a Cristo en el sepulcro. La Iglesia en ese entonces estaba en construcción. Sería un orgullo para los habitantes de Bello. Nada tendría que envidiarle a otras iglesias del mundo. Un pueblo creyente, guiado por su pastor espiritual, el obispo de Santa Rosa de Osos, Miguel Angel Builes, gran instigador de la violencia de esos años, y dispuesto a destruir el ateísmo liberal desde sus raíces. ¡Hay de nosotros !
Era un niño y me entretenía observando la extraña arquitectura de las bóvedas de al iglesia, seguía los artesanados y los labrados de mármol del altar. En el sagrario estaba Jesucristo, me explicaba mi abuela. Había unos extraños tubos metálicos que sobresalían sobre la obra del coro en construcción y que se me antojaba, eran los tubos por donde salía la música. Mi abuela me dijo que así era, y que esa música era la mismísima voz de Dios. Crecí creyendo que Dios se expresaba en música a través de tubos. Después descubrí, en Sonsón, al subir al coro de la iglesia a escondidas del sacristán, el órgano, y sufrí un hondo desencanto. Cuando conocí la música de J.S, Bach entendí finalmente que mi abuela tenía razón. Era la voz de Dios.
El rito católico de La Confirmación fue para mí todo un acontecimiento. Me pusieron un vestido nuevo de saco – sin solapas - y pantalón corto, de paño de color verde pizarra. Mi abuela me instruyó sobre lo que me sucedería, vendría el Espíritu Santo en forma de una paloma, entraría dentro de mí y me abriría el entendimiento. Fuimos al Iglesia que estaba llena y hacía mucho calor. No podía respirar de la ansiedad. El obispo me daría una palmada y el milagro sucedería. Pasaron los primeros niños, pero no vi nada. Estaba desconcertado. Me correspondió el turno y recibí la palmada del Obispo Buenaventura Jáuregui; quedé atónito, no vi la paloma, pero mi abuela sí, eso dijo, pero sentí una fuerza – ¿se me abrían las entendederas?- y una inmensa alegría de ser, durante un día, el centro de atención de la familia. Una vez en casa recibí obsequios, hubo un almuerzo especial y repartimos copitas de vino dulce con galletas para las familias vecinas.
Una de mis obsesiones de niño eran los trenes. Soñaba con ser maquinista. Una de nuestras diversiones, con mi hermano, era ir hasta la estación Machado, esperar el tren y pegarnos al exterior de unos de sus coches hasta Bello. Los guardavías no echaban, pero en ocasiones lo lográbamos. Luego, detenido el tren, subíamos al vagón restaurante y en más de una ocasión nos regalaron tortas de pescado seco sobrantes. ¡Cómo era de emocionante ver el inmenso penacho de humo y luego ver asomar la locomotora, ese insecto mecánico de color negro y fuerza descomunal arrastrando los coches! La mejor novela sobre trenes que recuerdo, es “Trenes Rigurosamente vigilados” de Bohumil Hrabal, escritor checo de las posguerra. Esta novela de estilo novedoso cuenta la vida de una estación del ferrocarril checa durante la ocupación alemana. Por la estación pasan los trenes cargados de tropas, de vacunos, ovinos, caballares, animales que van a ser sacrificados para alimentar las tropas en el frente de guerra, metáfora dramática que subyace en toda la narración. Allí conviven el jefe de estación – que aspira a un ascenso- conservador, rígido, y aficionado a las palomas; Hubicka, guardavías, un Don Juan que despierta la envidia de todos por sus éxitos amorosos, entre ellos el de ponerle los sellos de la estación en las nalgas a la telegrafista, lo que lo involucra en una investigación disciplinaria y Milos un joven guardavías, que narra la historia. Hubicka y Milos vuelan un tren alemán cargado de municiones. Es una novela corta llena de tensiones. Hrabal logra crear un universo en este espacio reducido y poner a palpitar el espíritu alrededor de las miserias de la vida cotidiana, la insensatez de la guerra y el heroísmo sin bombos ni platillo.
Mi padre solía salir de viaje “correrías” para vender sus ampliaciones. Llevaba las que tenía que entregar, tomaba pedidos y si era una región liberal, camuflada, llevaba ampliaciones de Jorge Eliécer Gaitán. También vendía una imagen que se titulaba “ La muerte de Manolete” tomada de alguna revista española en la que yacía muerto el torero rodeado de imágenes de la tauromaquia en la que sobresalía “Islero”, el toro miura que dio cuenta de del matador del que aseguraban, tenía cierto parecido con mi padre, su devoto admirador. De sus correrías nos traía frutas y cosas desconocidas para nosotros. Un día se apareció con un regalo muy espacial: un pedazo de caña de azúcar para cada uno de nosotros. La sorpresa nuestra fue al recibir el regalo, desatar la caña y ver que estaba partida longitudinalmente por la mitad y encontrar en su interior un grupo de insectos. Eran luciérnagas (Cocuyos, coleopteros luminosos de unos 4 centímetros de longitud). Cada uno marcó con esmalte de uñas sus bichos que parecían muertos – muertos felices – en la oquedad de la caña de azúcar. Durante un mes disfrutamos del más maravilloso regalo que recuerde. Liberábamos los insectos en la noche, en nuestro cuarto, y así podíamos disfrutar de una noche móvil y estrellada, nuestra propia noche, nuestro propio firmamento. En la mañana buscábamos los bichos y los retornábamos a su caña.
Mi primer intento de escolarización fue un fracaso. Ingresé a un kinder en Bello y después del primer día me resistí y no volví. Luego me llevaron a un colegio inmenso que tenía todo el ciclo completo – desde el kinder hasta el bachillerato - dirigido por los Hermanos Maristas y a los pocos días un religioso molesto por la bronca que armé cuando trataba de enseñarnos un juego colectivo, me castigó salvajemente: desprendió una hoja de plátano de una mata que crecía en el jardín del colegio y despacio, con paciencia de verdugo, con una navaja que extrajo de su sotona , fue desprendiendo la lámina vegetal hasta dejar sólo la vena, con la que me dio una paliza. Jamás regresé. Y le cogí miedo a los platanales. Luego en mi trabajo de campo encontré que en algunas tradiciones afro, después de trabajar en el platanal la personas se bañan con agua a la que se le han incorporado algunas plantas con la idea de que este baño le recupera a uno la energía que las matas de plátano le roban. El plátano es allí una planta que da vida pero que también “se come” a las personas.
Mi madre me leía. Tenía una voz hermosa. A veces me cantaba. Sus predilectas eran las habaneras y hermosos bambucos. Cuando estaba alegre me cantaba el estribillo de la canción de Jose María Peñaranda “Santa Marta, Santa Marta tiene Tren, Santa Marta tiene tren pero no tiene tranvía…”, y el “Pachito Eché” de el “Compae Mochila”, así llamaban a Cresencio Salcedo, un músico ciego de las sabanas de Córdoba que conocí en las calles de Medellín, donde agobiado por la pobreza, descalzo, de sombrero “vueltiao” y ropa humilde pero limpia, y con una gran dignidad, vendía flautas de latón que el mismo hacia a partir de tarros deshechos de galletas que le regalaban. También me cantaba mi madre, “ la múcura”, canción no se si de Cresencio, o de Toño Fuentes que hizo popular el puertorriqueño Boby Capó, quien la registro como de su autoría y que desencadenó una controversia legal de que tenga noticia sobre el los derechos de autor entre Fuentes y el cantante.
En Bello, mi madre estaba en el cielo. Alquiló la mejor casa, compró un campero Jeep al que bautizamos “Macario”, y pudo dar rienda suelta a su caridad sin límites.
El mundo nuestro era la calle, la manga de don Teofilo, los cerros Quitasol y “La Berruga” antiguo adoratorio de los indios Niquia, y la quebrada también de nombre Niquía. Mi alter ego era mi hermano El Negro, dos años mayor que yo.
Sobre mi vida en Bello escribí una vez un corto poema:

Yo creía que el cielo era el Teatro Iris en cine continuo

En nuestro patio
en Bello
el tiempo infantil se abría como una granada madura.
Las sirenas de vapor de las fábricas partían
acero cortante
el hilo del día.
Yo no era sino una sombra pequeña de la mano de mi hermano mayor
bajo el sol radiante.
Yo era un cometa de papel atado a mi dedo índice.
Las locomotoras arrastrando los vagones marrones de la carga
y las literas verdes de los pasajeros de primera clase
todavía cruzan mis sueños.
En la piscina pública los jóvenes hacían ejercicios
siguiendo el curso de Charles Atlas.
Todos querían ser como Jhony Wermuller .
Pero yo era pequeño y flaco
y soñaba con ser artista de circo
alambrista trapecista y
tragar espadas como si nada.
Quría ser como mi hermano
para leer historietas
y levantarle la falda a las muchachas.
Yo era un niño malo que se robó un pastel de papa
en la tienda de Don Ricardo.
Yo era un niño que perdía el día
mirando el arco voltaico de los talleres
y viendo el ir a venir de los trenes.
Yo era un pez de colores nadando en mi propia mano
en la quebrada Niquía.
Yo no entendía por qué teníamos que encerrarnos
Cuando pasaban los conservadores en las volquetas del municipio
con su ropa ensangrentada.
Yo creía que el cielo era el Teatro Iris en cine continuo.

Yarumal

Yarumal, la patria de mi familia materna y lugar donde vivieron mis padres su primer año de matrimonio – allí nació mi hermana - es un pueblo frío levantado en los contrafuertes de una montaña del ramal occidental de la Cordillera Central, que en Antioquia se trifurca. El pueblo fue fundado por el Visitador y Gobernador español Juan Antonio Mon y Velarde, el día 29 de marzo de 1787 con el nombre de San Luis Góngora, una equivocación quizá, porque no hay santo de ese nombre, o tal vez, por accidente esté dedicado este pueblo ultraconservador al poeta español del Siglo de Oro que poco de santo tenía y de quien el político de izquierda, martirizado, Jorge Eliécer Gaitán, tomara la expresión “mamóla”. “El que a su mujer procura /Dar remedio al mal de madre, /Y ve que no la comadre / Sino que el Cura la cura, /Si piensa que el Padre Cura /Trae la virtud en la estola, / Mamóla (…) ./La dama que llama el paje /Dejó en la cama a su esposo /Y le halló, de celoso, /Más helado que el potaje; /Si ella dijo era mensaje / De su madre, y él creyóla, /Mamóla.”
Yarumal era el corazón comercial de los pueblos del norte de Antioquia, originalmente mineros, luego ganaderos de vacunos (de leche) y paneleros. Yarumal es empinado y es en mis recuerdos el pueblo más frío que he conocido, porque no sólo enfriaba el ambiente, el viento helado que venía del páramo de Ventanas y que castigaba todo el día a las personas obligándolas a estar todo el tiempo metidas en pesadas ruanas de lana, sino que también el ambiente humano que se vivía, un yermo dominado por la más férrea dictadura clerical que uno pueda imaginarse, la del Obispo Builes. La vida del pueblo giraba alrededor de las actividades de la iglesia, hoy en día la Basílica Menor Nuestra Señora de la Merced a la que mi abuela, también de nombre Mercedes, le rezaba todo el día. Yarumal, se decía en ese entonces, era una fábrica de curas y monjas. Queda a 120 kilómetros de Medellín, su nombre se lo debe al noble árbol del yarumo, una cecropiacea pionera, clave para la fauna, de hojas grandes, peltadas, de color blanquecino, que le da a los relictos de bosques que sobrevivieron a la depredadora colonización antioqueña una hermosa composición. Allí nacieron dos artistas ilustres de Colombia, el poeta Epifanio Mejia, autor de la letra del himno de Antioquia que dicen se enloqueció joven, a los 30 años, y el Pintor Francisco Antonio Cano, pariente de mi abuela, por ende también de mi madre, poeta también, inédita. Uno no se explica cómo puede surgir un artista de un pueblo tan inhóspito para el espíritu.Es un pueblo único en el mundo por padecer de manera masiva, como una impronta genética, la enfermedad del olvido, el alzhaimar. Los yarumaleños, y nosotros los descendientes de yarumaleños, nacimos para olvidar, ese es nuestro sino. Y contra el olvido viene luchando la humanidad, desde que es humanidad, sin éxito alguno. Algún día seremos polvo estelar y del ser humano no quedará nada, nada que es el nombre absoluto del olvido.
¿De qué estaba hablando? Ah, si, de Yarumal, lugar donde pasábamos largas temporadas de vacaciones la cuidado de nuestra abuela y tías. Sobre mi monótona vida en Yarumal escribí hace muchos años un poema:
Señales
El reloj de pared
de la casa de mi abuela que anunciaba el Angelus
era apenas un escombro más, una escama más
de la herrumbre que vuelve inmaterial
el compás de la nave nocturna de mi vida.
Su voz, apenas audible,
bajo un cielo que no es cielo,
era una señal de estrellas
en este ir,
En un mar de olvido,
amurado
hacia la nada.
Amurado hacia la nada...

1 comentario:

Anónimo dijo...

Querido amigo y compañerp. Esta si es una muy buena apreciación de una época en la que nos causa profunda curiosidad la vida de Rafaél Benajmín en sus inicios, sobretodo a aquellos a los cuales la región o las referencias siempre han sido foráneas o han pertenecido a un imaginario mágico. ALbricias por este recuento anecdótico y esperaré mi momento para salir en busca del santo grial. Algo hay que hacer por el sentido de la aventura. Saludos.